martes, 19 de diciembre de 2006

Richard sin muerte (Parte 2)

Cuando me acordé, habían pasado los años. Me acordé de encontrarlo, de qué sería de su vida y de si esta vez estaba muerto en serio. Me vestí con miedo y abrí la puerta de mi cuarto con flojera. Afuera y arriba, un sol que se ensuciaba con el aire me escrutaba y yo fingía el equilibrio que no alcanza. Al recordar a su padre, el día anterior, me entraron unas náuseas incómodas.

No es fácil perder a los amigos, ya había perdido uno hace mucho tiempo. Nos visitan en los sueños, como si existieran sus cuerpos todavía, nos ayudan a cruzar lagos oscuros o simplemente nos espantan con sus cuencas vacías y se ríen de nosotros. Pero al despertar, no están en esta existencia, y eso nos llena de angustias inservibles. La ausencia es una presencia que no se puede abrazar.

La última vez que nos vimos era un farrazo terribólico en navidad, con pelea callejera incluída y conmigo llegando a la muy acomodada fiesta de casa, bañado en chicha, vino barato y cerveza de hielo. Esa vez también teníamos a Jose Luis, el enano desvirgado que siempre andaba con nosotros y a quien yo sopapeaba sistemáticamente.

Pero aquí, toda la historia está desordenada. Con un poco de cronología, la cosa iba así. Primero, en la mañana, llegamos a la casa polvorienta del "Muertito", que olía a guardado y a niños sucios. Le decían Muertito porque nunca tenía que comer, horrible nombre el que le pusieron pues a sus 4 años, uno de sus hijitos, el Pepelucho, se murió de disentería por comer basura. La gente ya no le decía el Muertito así nomás, de frente.

Era un estúpido de esos miles que hay, pero siempre estaba sonriente. Nunca tenía dinero para alimentar a su familia ni para mejorar su casa de un cuarto y un chiquero, pero cuando llegaba San Joaquín, el Muertito podía juntar entre cuatrocientos y quinientos dólares, quiénsabe de dónde, solamente para tirarlos en adornarse un santo de yeso y en comer toneladas de chancho acompañadas de chicha tibia.

Invitaba a todo el barrio y - por supuesto - la misma gente que lo tildaba de "irresponsable" o "borracho" estaba allí todos los años, embutiéndose de fricasés y enrollados hasta quedar hastiada. También solía hacer lo mismo en navidad, desdichadamente, en una de sus bacanales, compró un chancho enfermo y la gente que lo comió, fue sufriendo de extrañas convulsiones conforme pasaban los años. Era triquina cerebral, los vecinos dejaron de asistir al San Joaquín donde el Muertito.

Así que esa navidad, el muertito estaba solo y borrachísimo, sus hijas - que eran mestizas preciosas y delgadísimas - ya no vivían con él y su mujer se había fugado con un camionero. Nos invitó un oporto dulzón y barato que sabía a sangre tibia y con él empezamos el bacanal que terminaría con la desvirgación de Jose Luis.

Richard, ese día, estaba un poco extraño. Pero era normal,él siempre era raro. Tenía un ojo pequeño, más rasgado que el otro. El decía que cuando era ch´iti, se había untado lagañas de perro en ese ojo, para ver a los fantasmas de sus abuelos. Jose Luis decía que seguramente los vió y por eso era medio loco. Era el único ch´iti que se había animado a hacer semejante tontera, todos sabíamos que las cosas que ven los perros son secretas, solo para los perros.

El rostro de Richard era una mezcla de una estatua de la isla de Pascua con el de algún aborígen mencionado en los cuentos de Lovecraft. Era feo y duro, la primera cualidad era su congoja, la segunda su orgullo. Ser duro en este barrio de mierda era necesario y los que lo lograban sobrevivían.

Teníamos un amigo, César, un pandillero anormal que era aún más feo que Richard. Un día, mientras jugábamos billar, entró al salón un camba enorme y furioso, en dos segundos sacó un revólver y le disparó a César en el hombro, a quemarropa. La bala entró por el hombro derecho y salió por el otro hombro, le partió medio cuerpo, pese a que era una pequeñita Colt 22. César parecía muy duro, esa bala probó que era un "pan de agua". El pandillero se murió ahí mismo, sin decir nada, temblando de frío mientras todos salíamos mudos, a las carreras, tropezándonos con las bolas de billar y la sangre oscura.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Buscando blogs de bolivianos me encontre con este, lamentablemente, porque esperaba algo mas de mis coterraneos.

hirotaru dijo...

de la puta tu texto maestro, te gustan los comics????
yo ando alucinando con dream theater y con Jodorowsky