jueves, 4 de enero de 2007

BABEL

BABEL
Romeo Marta

“the light that fueled our fire then has burned a hole between us
sowe cannot see to reach an end
crippling our communication”

Tool - Shcism


Siempre nublado y azulino, el limbo que puja sobre la planicie grita los nombres de Noé, invoca a los sobrevivientes del diluvio. Bajo ese grito, trabajamos como retorcimientos y embragues de carne, no esclavizados ni convencidos, trabajamos con la seguridad de encontrarte mi Señor, Jehová, para que nuestro cuerpo y alma tengan su propia escritura y su lugar impecable en el Libro de La Vida. Para que seamos dignos de todos Los Premios.

Aquella noche el Edén salió más índigo que nunca; brillante y pesada, Astarté nos observó con el celo más peligroso desde el inicio de los tiempos. Su fulgor – debimos haber notado – no era el del infierno que todos sabemos que escondía, era el de una furia profunda, una rabia mujeril que nos cortaba la piel mientras caminábamos y resquebrajaba las baldosas verdes con su arrebato, cargándolas de pena y miseria, cambiando el brillo verdoso de los adoquines por uno que parecía de lápida.

Eso era y no nos dimos cuenta: una lápida. Un Dios que nos amaba nos había confundido.

Ahora miro de frente, tu frente… y tus ojos rasgados no ven a este mundo como mis ojos negros, tu lengua es áspera y dulce y los sonidos que emites no llegan a mi corazón, solo llega tu perfume, tu deseo. Vivimos dieciséis años en la misma cabaña, diceciséis años sin que sepa realmente como pronunciar tu nombre y sin que tu sepas como mi abuela le decía a los guerrilleros, vivimos en cuerpos ajenos que se penetran con desesperación cuando el cielo del mundo se vuelve azul, como testigo quisquilloso de este desconcierto.

Sobre la órbita de mármol, zafiro y marfil, la espiral enorme de nuestra torre se acrecienta, como una caracola descomunal; es el dedo de Adán que intenta tocar al Padre pero no le alcanzan falanges ni voluntades, le faltan las las que una vez tuvo gratuitas. Dios se oculta más allá de este cielo cerrado. La tormenta cotidiana danza llevándose a Leviatán entre sus suspiros, levantando cocodrilos y peces regordetes desde el fondo del Tigris, como una mano cadavérica que revuelve la dicha para poner en su lugar la nostalgia; es un caos plomizo y eléctrico que angustia los pechos de nuestras mujeres y nos hace pensar en el castigo, en la confusión que se avecina. El Ziggurat habla con los vientos agoreros que pasan a través de sus ventanas y nos mira desde la penumbra de sus picos, esas recámaras que no veremos jamás, donde cuentan que vive un hombre con una quijada de oro, un sabio que nos está amarrando a la condena.

Tu rostro, Sennar, es como esos ladrillos férreos y versátiles, como el esqueleto de esa torre, tus cabellos como el betún y el limo con el que los pobres esclavos hacen el asfalto más fuerte y brillante del mundo. Pero allí sigues, si te toco o beso de todas formas nunca entenderé tu alma. Eres tan parecida al Ziggurat, Sennar, tan parecida. Eso te digo en el sueño, Sennar, en ese sueño de enfermo, del que he despertado tantas veces para ver tu cuerpo amarillo y del que no me acuerdo cuando te veo, del que no puedo contarte nada porque no entenderías.

Cuando nos dejen pastar nuestro ganado sobre la muerte oscura de Babilonia, cuando los graznares y los tañidos de nuestras desgracias nos persigan como una pesadilla informe y pavorosa y la vida se convierta en el regodeo más oscuro y entonces tengamos que atar a nuestras mujeres con cuero, cadenas y púas para romperles el placer a latigazos y voltearlas debajo y entre nuestras propias mugres, allí estará la venganza, allí el escarmiento se hará sentir. No debimos confiar en Egipto, que hacía lo mismo con sus esclavos, ni en los cantares de los Babilonios que nos hicieron creer en su hedonismo repugnante como forma de sublimación. No debimos dejarnos convencer, pero mirar tu rostro, Jehová, era demasiado tentador, era el reencuentro que todos buscábamos.

Dicen que los hombre amamos mujeres para meternos en ellas, que es el útero, la histeria primigenia la que nos llama desde esas paredes ocultas, como un Dios que no quiere dejarse ver y que invoca al retorno, al reencuentro. Yo te veo amarilla a pesar del cielo azulino y tengo a veces ganas de caer dentro tuyo, de reventar mi propia piel en pedazos al llegar al fondo de tu ser, ese ser que no entiendo, que gime en japonés cuando hacemos el amor mientras yo gruño en español.

Ur, Arach, Birs Nimrud que hirvieron antes y luego, que se plagaron de ambiciones como Babel y tuvieron sus plataformas lapidarias también, ninguna sobrevivió, cuando yo vi cómo quedó Babel y luego sentí en Babilonia el hedor del infierno surgiente, pensé en comos y porqués con más fuerza que nunca, saqué a mis hijos y a mi mujer de esa muerte lenta, escapando como Eva y Adán, pero esta vez echados no por arcángeles, sino por calaveras y cuerpos sodomizados, por muertos que ya no enterrarían a sus muertos.

Allá lejos, desde la colina, pude ver un camino negro que se extendía, la tripa de nuestro más grande Demonio, y entraba sinuosamente hasta el centro de Babilonia. Esa noche vi a Astarté triunfante, y mi mujer, Betlehem, me contó en voz baja la historia del navío, del robo inmundo que habían realizado nuestros jefes, el mismo Nepal, que caminaba como ángel sobre las nubes, había participado en el robo del Arca de Noé. Hacer volar ése Arca por los cielos había sido posible solamente en las manos de nuestro Patriarca, que era un Absoluto, pero en las manos de esclavos y fanáticos, nada volaría. Los pájaros de nuestros sueños cayeron como vidrio y plata ardientes antes de siquiera haber surcado el cielo azulino de nuestros misterios.

Ayer, cuando dormías, soñé que éramos uno, que habíamos reencarnado en la perfección dominante, y que caminábamos con pies de corderos sobre un barco bruñido, fastuoso. Ese barco atravesaba los cielos y era tan brillante como un espejo henchido de soles. Cuando me ví reflejado en la superficie del barco, nos ví a ambos, metidos en un mismo cuerpo y el terror me invadió como el mar invade las playas noctívagas. Me destrozó por dentro la idea de no poder ser yo y de haberte encontrado finalmente, ese pensamiento y la seguridad de haber disuelto mi identidad por recuperar nuestro amor me convirtió en un rayo furios, en una polilla inmunda que quería liberarse de ese capullo perfecto… y me liberé de ti, arrojándote al vacío entre los pedazos opacos de nuestro navío, que luego descendieron hacia la tierra, para estrellarse en un paraje lleno de tripas, hígados y ojos cercenados, un matadero de cariños donde descansaba lo último de la humanidad. Al despertar detesté tu patria y la mía, detesté esa distancia de océanos que nunca podemos saldar.

Entonces miré a Betlehem con asombro, y le pregunté de donde sabía tanto, y ella sonrió con malicia y con el triunfo de algo que no conocíamos los hombres. Fue tiempo después, cuando la tierra se partió y los mares y ríos entraron como tropeles hunos en la aridez que sobraba, fue recién allí que entendí a Betlehem y a la risa estruendosa que me desmayó. Era la risa de Astarté victoriosa, la luna y su aureola putrefacta que reflejaba el odio de la Nada contra la Creación, el odio contra un pueblo ingenuo pero desprendido, que quería estrechar las manos de su Dios y ungirle los pies con sus lágrimas, millones de lágrimas para untar los pies del Sol. Algo me dijo entonces, que Astarté y sus preguntas habían convencido al más sabio Nepal e incluso al de la quijada de oro, de que redescubriesen su rumbo, arrojándose a los brazos blancos y falsos de la luna en lugar de ir a buscar el reencuentro con el Sol. Ella los convenció para que buscasen la muerte y el infierno y para que convirtiesen en Babilonia en el tumor probatorio, en la herida más grande de nuestra era que mostraba entre sus supuraciones y sanguinolencias hasta donde puede caer un pueblo cuando le cierra la puerta al mejor de sus Dioses.

No sé entonces porqué te odio tanto, si somos casi iguales, de no ser por tus tetas y mi miembro, de no ser por una que otra curva que en mí se hace arista, seríamos idénticos, pero algo nos diferencia, y sé que te odio por esa diferencia entonces. Sé que te odio por eso y porque lo que odiamos es lo que tenemos adentro, odiamos el reflejo. Ayer no te detestaba, hoy sí, hoy me revuelve la cabeza oírte hablar, en ese japonés que nunca será boliviano, hablando a las patadas. Odio el pescado y las algas con las que salas el pedazo de lomo que me estoy comiendo, detesto hasta como caminas, con esa delicadeza tibia y mojigata, de Geisha, que no tienen las criollas de mi tierra, como si temieras, con cuidado, como si el suelo bajo tus pies se fuera a romper cualquier instante. Como si estuvieras en un maldito barco de cristal.

Y Astarté trajo idiomas, dialectos e insultos, y trajo joyas y perros, y golfas empedernidas y hombres sin hogar ni respeto. Y trajo la muerte que pudre desde la entrepierna hasta el cerebro y arrastró a todos los que sobrábamos hacia lo más oscuro de nuestros propios seres, a cubrirnos con la piel de seres muertos, trajo carnívoros sin piedad que nos enseñaron como matar a nuestros animales sagrados para bañarlos de salsas lujuriosas.Y trajo la penosa confusión.

Ese odio me ha podrido de afuera hacia adentro, amor. Ese odio se ha bautizado con el nombre de Sífilis y me vuelve loco con una parsimonía desesperante. Siento como sube de mis piernas, de mis testículos inflamados a mi pobre cerebro, me llena de imágenes, de deseos de muerte. Ayer, mientras tu caminabas en la cocina, ese odio me hizo olvidar tu cuerpo, en su lugar vi una torre horrorosa, de la cuál salía despedida una chispa, como un volcán impotente. Gracioso, así me siento, como un volcán impotente.




Nepal los vio con incredulidad y no pudo contestar ante esa decisión. El Arca la había recuperado él, con ayuda de Jehová, no de Astarté. “Nuestros padres, atlantes enormes, seres cuya sabiduría ni siquiera entenderíamos, construyeron este Arca con materiales extraños para nuestra ciencia. Con ella volaron sobre las lágrimas de Dios, cuando Dios lloró de pena sobre el mundo degenerado que la noche le devolvió, ¿Qué esperan ustedes? ¿Repetir la historia de esas lágrimas? ¿No saben que Dios llora sólo cada diez mil años? ¡Esta vez no llorará! No habrá lágrima que lave la mugre en la que Sennar caerá, ninguna lluvia se derrumbará para consolarnos de nuestra pena y llevarnos a la muerte. Esta vez el volcán se batirá sobre Babilonia y caeremos, como caerá su torre”.

Disparé sin miedo hacia tu frente, me miraste a través de la muerte, en el umbral de muchas evocaciones, asombrada, sin saber porqué te mataba. Empero sabías que en nuestro retorno, nunca más residiríamos juntos, en un solo cuerpo, sino para siempre espaciados. Te maté para que tengamos otras miserias y otras glorias, y más oportunidades de reconocernos, Sennar, te asesiné con esta pistola vieja y con una bala de guerrillero, para que reencarnes en un tiempo y en un lugar donde te conozca mejor, donde tu último grito sea en un idioma que yo entienda mejor. Te maté, además, por venganza, porque por tu culpa tengo esta sífilis.

Lo miraron, los tres torpes que antes eran sabios, y el primero en reírse fue el de la mandíbula de oro, el que antes era conocido como El Ilustrado, poco a poco apuntaron el gran cañón que salía de la torre hacia el rostro de Astarté, perillas, ruedas y molinos de mercurio, enormes engranajes de oro y cuarzo, mecanismos que producían música y tañidos que parecían alaridos angelicales se oyeron en todo Sennar. Y el Arca, cargada de escritos y poemas, de la sabiduría que Dios había hilado junto a las manos de los hombres, salió despedida hacia el ojo de Astarté. Una risa blanca y falsa se oyó en el firmamento crujiente, cocodrilos y peces gigantes salieron de los ríos con el ventarrón de la noche azulina.

Phaleg, un historiador nieto de nietos, vió esa noche en sus sueños y alguien le contó de esos ochocientos años después del diluvio, ochocientas penurias y despotismos que disimuló Babilonia después de las profundas lágrimas de Dios, que se enfureció por los alardes humanos y por las falsedades de hombres y mujeres; un Dios que en diez mil años no lloraría.

3 comentarios:

hirotaru dijo...

Compañero, reviso tu material y encuentro mucha calidad de ideas para este mundo desprovisto de ilusiones. Si esos comics los haces tu, estan muy buenos y competitivos, mi amigo Pablo Sildos tiene buen material nacional. Yo tengo un par de blos, y espero que los visites, saludos.

hirotaru dijo...

de todos modos, pensé que era una referencia a BABEL de Gonzalez Iñarritu, parece una buena película
que opinas de la nueva d elos transformers

Romeo Marta dijo...

Gonzalez Iñarritu es un estúpido melodramaturgo y Babel, la película, es la confirmación redundante y fascista de que el primer mundo y el tercero no se entenderán jamás, para este director pusilánime los mismos mejicanos son una punta de "trigger happy asholes" y en el hemisferio oriental todos están dispuestos a masacrar turistas como francotiradores, qué asco de película!... justificación ideológica monumental para el muro en la frontera con Méjico y para la guerra en Irak.
Ese tipo no es latinoamericano, es un pinche vendido.