miércoles, 6 de diciembre de 2006

Orhuarpa




“El mito de los Nibelungos los llamaba hijos de la niebla”
V.M. Samael Aum Weor
Maestro de la Gnosis


Siete días, la nieve como uñas de vidrio en nuestros cuellos, el viento que corta los rostros y nos hace más viejos. Somos pequeños puntos, semillas de abeto, dentro del telar nevado de las montañas. Zfafigh – el árabe corpulento y viejo que nos ha contratado - lleva a un perro de dos cabezas en sus brazos, el perro nació semi desnudo y aúlla por el frío, no es como nuestros lobos. Hasta ahora nunca nos ha contado como vino al mundo ese prodigio, de dónde vino, para qué lo llevamos con nosotros. No importa, el oro de los Cofres Joritas es bueno, sus monedas nos esperan en casa.

Pienso en Medine, mi esposa, en su mirada oscura y de mal augurio, en cómo se rehuyó a que Zfafigh entrase a nuestra choza. Recuerdo también a Gela, la madre de Medine, escribió una sarta de maldiciones en la entrada de nuestra casa y escupió sobre amasijos de retama cuando nos fuimos. Ese gesto, desde hace siglos significa un destino, “que vuelvan solamente los recuerdos de su cuerpo, que su alma vuelva sin hueso”, eso decía mi madre y solamente la vi hacer ese tipo de sortilegios una vez en su vida. Nunca más vi a mi padre, él se despidió sin abrazarla, como si una sombra poderosa le abriera el corazón para extraerle todo el cariño.

Orhuarpa.

Mathra es el altar que buscamos, no recuerdo el nombre de la elevación donde se esconde, pero los más viejos le llamaban simplemente “El Pico”. Zfafigh está repitiendo una serie de frases que no entendemos, lo ha estado haciendo por días mientras le hecha terrones de sal al perro, creo que lo hace para irritarlo; el pobre bicho está ronco de tanto aullar y en las comisuras de sus labios se pueden ver hilillos de sangre, el frío está partiendo su piel y sus entrañas.

Maldigo ser explorador, ser ayudante, maldigo estas montañas, reniego contra todas las islas de las que escapé, los dioses de los Azores han olvidado nuestras almas en medio de la nieve. Maldigo a los fantasmas de la niebla y a todas las criaturas invisibles que mi profesión me ha obligado a ocultar.

Finalmente, al principio de la séptima noche, Zfafigh ha divisado al altar. Su alegría perversa provoca un eco tenebroso en los montes que nos rodean, sus pulmones parecen llenos de nieve mientras ríe. Ha acomodado con una calma femenina al perro, lo recuesta sobre una helada piedra que se hala sobre el declive, mientras el corre como un loco a besar la roca negra-verduzca que según veo, es Mathra. Dos de los morenos ayudantes de Zfafigh limpian al perro y observo con temor y náusea como uno de ellos le lame las llagas con vehemencia, sacando la sal de la sangre coagulada, sin inmutarse siquiera, el animal ya no aúlla por sus dos bocas, ahora suelta sonidos burbujeantes, como los de un enorme salmón fuera del río.

Zfafigh llora y ríe, acaricia la roca de Mathra como si fuese una madre lo que ha encontrado y no un altar repulsivo, tallado sobre algún mineral que no reconozco, repujado como si fuese de cuero en esa piedra de ángulos increíbles que se sostiene piramidalmente sobre su único vértice definido. Cuando llego a su lado, siento que mi estómago se vacía de repente, pero no puedo expulsar nada, no hemos comido desde anteayer. Sobre la superficie puntiaguda de Mathra yace un animal quemado por el frío, degollado, negro y al parecer no es un animal de tierra, es viscoso como un gusano, escamoso y brillante a pesar de que su muerte parece ser milenaria.

No me explico como, pero bajo el toque de Zfafigh, el cuello cercenado empieza a sangrar, como si la criatura hubiese muerto ayer... su sangre oscura despide un vapor pesado y azulino, parecido al del hierro cuando se templa. Veo que tiene seis patas, las dos posteriores están casi atrofiadas, convertidas en extremidades que asemejan tentáculos descomunales, del cuello del perro emergen tres horrorosas antenas, o lo que parecen ser antenas y se enroscan presurosamente al brazo de Zfafigh, con caricias famélicas que me recuerdan a los cangrejos desesperados cuando los aplastan las piedras de los niños.

“Thyndalos Nyarlat Rly Rly F´tagn” – repite el enorme Zfafigh bajo su turbante raído. Uno de sus ayudantes trae al perro de dos cabezas y el otro, de un solo tajo, le corta una de las cabezas. El perro parece no sentir nada, muere inmediatamente, no sangra, sus coágulos internos deben ser como astillas hirientes de hielo rojo que se quiebran en sus venas. Zfafigh le ofrece el horrible trofeo al animal, poco a poco su cuerpo de seis patas toma un color verduzco sobre el altar de Mathra, parece respirar con una lentitud horrenda y esas antenas chirriantes y rojizas se introducen por el cuello amputado, buscando quizás el cerebro del perro.

Mi corazón se torna negro y vacío cuando los ojos de la cabeza cercenada vuelven a abrirse. Llevo mis manos al cinto que sostiene mi puñal, pero los dos monigotes ya me han sostenido por los codos, me obligan a inclinarme frente a Mathra. Ahora comprendo el destino que me escupieron encima. “Orhuarpa Rly Rly” dice sonriente el árabe. Los monigotes estiran mis manos hacia el dios renacido, hacia el monstruo de otros mundos y otros tiempos que ahora empieza a olfatear mis dedos. En la lengua maligna de los Atlantes, yo sé que lo último que ha dicho Zfafigh significa algo así: “Come, come Orhuarpa”.

2 comentarios:

lipcia dijo...

sobre el cuento: Orhuarpa

Crónica de una muerte anunciada!

=***

Siniskalk Vanglerbën dijo...

...Lovecraft...