miércoles, 6 de diciembre de 2006

Richard Sin Muerte (Cap 1)





A Richard lo trató de colgar su propia madre. Yo lo vi desnudo, negro como un perro de calle, corriendo a sus seis años a la casa más lejana de la esquina. Su madre moriría diez años después, de un agudo cáncer en el útero. Esa noche, lo persiguió con la cuerda anudada en su mano, vociferando insultos que mezclaban la ira con los vahos de la chicha amarga. No lo alcanzó, Richard vivió dos años lejos de la chichería de su madre, cuidado por un señor testarudo pero amable, padre de Tipi y Luis, dos gorditos de clase media que temían a todo el mundo.

Cuando volvió su madre lo recibió con un latigazo de trapos mojados en su cara, le marcó el rostro con arañazos, lo metió a trabajar de nuevo a la chichería. Richard no dijo nada, se calló nomás y se puso a servir los cascos de chicha.


El padre, don Ricardo, era un viejo tortuga chueca que se había quedado paralítico de tanto beber. Teníamos que recogerlo entre los dos, Richard y yo, agarrándolo de los hediondos sobacos y soportando sus estúpidas crónicas en quechua. Él decía que no estaba inválido, que cuando no lo veía nadie, él se llevaba a la negra Susana a su cama y le hacía de todo, incluso alguna vez, Susana nos dijo con su melosidad cubana: “Ese viejo la tiene grande chico”. Pero nadie creía a don Ricardo, pues combinaba su historia absurda con la del payaso que volaba por la iglesia de San Joaquín o la de la capilla fantasma en la él había visto a Melgarejo bebiendo al lado de las putas más caras de la república.

“Nunca voy a tomar un solo trago pelotudo” – me sentenció Richard un día – “así que el rato que me quieras hacer beber, te mando a la mierda y te saco tu re – puta para variar”. Yo me reía hasta orinarme cuando él hablaba así, pero igual creía en sus promesas. El tipo era duro, era el que mejor peleaba de todo Villa Loreto, pero era un tonto grandote nada más. “¿Por qué crees que yo voy a empezar a chupar antes que vos pues cojudo?”, le dije un día. “Por qué tienes plata y eres choco pues marica”, me respondió. No entendía nada, su viejo tenía 12 años cuando empezó con la chicha, y mucho menos plata que el mismo Richard.

Creo que en realidad, lo que quería decirme es que su promesa era más fuerte que mi adolescencia, y como tal, yo empecé a tomar con fiereza antes que él, y él nunca me pudo voltear con trago, pero si con chicha o guarapo.

Así me acordé de este hijo de mala madre cuando lo fui a buscar a la morgue improvisada de Cerro Verde, cuando me dijeron que lo habían dejado como a un chancho, todo cortajeado en medio del cerro. Me tapé la nariz con un pañuelo mugriento y destapé el aguayo sucio que cubría su cara. Era otro, mas bien, respiré con alivio a pesar de la pestilencia de muertos que había en ese cuarto de tres por tres.

¿Dónde está este imbécil? Si no está muerto, ¿dónde anda?. Me dí la vuelta y sali casi corriendo, le bote una moneda de a peso al gordo que cuidaba la morgue, de reojo pude ver que le empezaba a quitar las botas al muerto, claro, como nadie lo iba a reconocer.

Me fui en un taxi, corriendo, agitado, pase por la chichería y después pasé por el templo de San Joaquín. No había ningún payaso volador, y eso que eran exactamente las seis con seis minutos. Entonces lo vi sentado en la chichería de doña Laura, el padre borracho, don Ricardo. ¡Seguía vivo! ¡Y por increíble que parezca, estaba caminando además!. Cuando me bajé a saludarlo y a interrogarle sobre el paradero de su hijo no-muerto, don Ricardo tuvo que erguirse y me sonrió ruborizado: la negra Susana le estaba practicando un blow job en plena esquina, a la luz de la tarde y para deleite de todos los viejitos borrachos.

“Don Montesco ¿Cómo ha estado?, ¿sabía que se murió el pobre Richard?”, me dijo, todo de golpe.



Continúa lueguito.

1 comentario:

hirotaru dijo...

de la puta maestro, deberías publicar esto, que no joda ese ojo de vidrio