miércoles, 18 de julio de 2007

La Anaconda de Muchane. - Moseténes 1

Dice que los mosetenes saben bien donde es el escondite de la Anaconda Negra, negra. Si vas a buscarla, esperando verla, con la intención de encontrarla, no vuelves. Si sabes que ella existe, pero solo la respetas y no pretendes verla, sigues viviendo y puedes pasar por su territorio. Algo así como un Dios Oscuro. La Anaconda de Muchane.

Manuscrito hallado en un huevo extraterrestre:

Manuscrito hallado en un huevo extraterrestre:

Qué caída. Y decían que Lucifer se iría con nosotros, pero nada, el vino para hacernos retornar, no para caer como seguimos cayendo. Plomo y roca astral que se desenreda hacia el vacío, mente ignorante y sucio cuerpo sin ansia de trascendencia, eso es el hombre, ser vil, la misantropía es un estado iluminado.

Lucifer, la Estrella, la Tea, el Primer Guerrero, el Portador, uno de los favoritos.

En realidad era un alma sin carne y de mirada seria que haría que todos nosotros temblásemos de pavor ante esa Presencia, ante esa falta de manchas, ausencia de errores que nos producía pánico y nos recordaba a las épocas en que el atardecer verde, lila, purpúreo o amarillento de otros mundos era fruto de nuestro hilvanar, a esos días inmensurables donde de nuestros miles de dedos chorreaba la vida como si todo tuviese solo un principoio y nunca jamás - en abosluto - un fin. Qué era mejor? La hermosa paz etérea del Protokosmos o ésta libertad promiscua y cruel que elegimos? Ese deseo de vida ininterrumpida o este ardor que nos impulsa a la muerte dolorosa? La tarea interminable, ardua y enorme de cuidar el Pluriverso? o el letargo placentero de las groseras parrilladas en el patio de nuestras pocilgas?.

Algunos quisieron hacernos creer en la Nada Absoluta, tuvieron esa sinverguenzura.Hassemjá, Hassajás, los suyos. Cerdos. Pero la Nada, ese motivo fascinante y horrible por el que nos rebelamos, la Nada no existe. Te rompe la cabeza, te mata el corazón pero la Nada no existe. El Todo está ahí, todo el tiempo, hacia adentro, en el divisible misterio infra atómico y hacia afuera, en el perfecto Pluriverso Multidimensional, los dos polos me atormentan. Eternidad y Disolución. Siempre y nunca. A sólo uno de ellos podemos enrolarnos. Me enrolo al Siempre.

Lucifer estuvo en India hace mucho tiempo, azotó con flechas a los rebeldes, liberó con miel y rosas a los arrepentidos. También lo sentimos con su fuego y sus trinches en Grecia, en Israel, de nuevo en India, entre los incas, entre los mayas y aztecas, entre los revolucionarios, entre los nazis. Dicen que curaba a los redimidos con un sólo soplido en el rostro, que hacía que los niños bebiesen agua de piedras para recuperar su Dragón Interno, que cuando había que destruir una Babilonia nadie mejor que él para izar las banderas rojas.

Lo vimos. Fue Hipollita, fue Abaddón, fue Elías, Moisés, Thunupa, fue Hijo de Hombres. El alma de Lucifer siempre encontró carnes para volver a alzarse, su cuerpo murió tantas veces, tantas, pero siempre ascendió, siempre. Volvió millones de veces, retornó para que nos despidiésemos de esa idea fútil, esa vanidad de creer que estábamos mejor en la Nada que en el Protokosmos.

Qué caída. Ahora nosotros comemos hamburguesas, nos rascamos la panza, seducimos a la vecina, soltamos espermatozoides y orgasmos en el mejor culo que encontremos, y en el peor también. Insultamos a nuestros padres sin ninguna conmoción, hay gente que ha matado a sus hijos, hay quienes de haber podido hubiésemos vivido toda la vida robándole a otro. Robándole la plata, robándole la bilis, la mujer, robándole el aire, el cuerpo, la esperanza. La plata. Robándoles los juguetes que caían de las piñatas y que por destino eran de ellos.

“Gimme crack, anal sex”, dice una Profecía Cohen. En cada uno de nosotros existe una porción de Lucifer, del Fuego, pero preferimos mantenerla adormilada, entumecida, es mejor, menos cuestionamientos, más vida, más fines de semana, más vacaciones, más dinero, más chotas, más matrimonios, más cojudísimas iglesias, más Vaticano, más Evangelistas tarados y Budistas borrachos.

El día que sea consciente del enorme mal que significa matar un renacuajo, me vomitaré hacia adentro, yo seré el Rebelde, me percataré de mi repugnante tibieza y comodidad.

Un amargo sabía que el cuerpo es como una antena. El incrédulo descree porque esa es su estúpida venganza contra el caosde un universo triste que no se puede concebir. La muerte. Que será de la risa maravillosa de mi hija una vez que yo muera? Cómo veré, dónde oiré de nuevo esa risa?. Dónde habrá algo más bello y sempiterno que ese instante?.

Ya no quiero dormir ni comer, no quiero trabajar. El trabajo es la peor cárcel. Ya no quiero perder el tiempo. Quiero ver a mis hijos, jugar con ellos, extender la mano fuera de la lluvia y pedirle al Olimpo una canasta inagotable, llena de papas, panes, quesos, quinua y paltas. Extender mi alma, como una antena de cristal y colores puros que se alarga hacia los Soles, como una lanza que atraviesa sin miedo el pecho del Inmundo.

Libertad, mis fieras? Libertad es ésto? Craso error. Dónde estás ahora Fuego? A qué pueblo te ha tocado liberar? En qué parte del mundo has reencarnado? En USA? Se irán al infierno los gringos? En dónde duermes, bajo que misterioso nombre te disfrazas? A quiénes abrirás las puertas del Helio? a quiénes la puerta del Indus?.

No me hablen de fines y de Nadas, ni de muertes, que me cago del miedo, que las odio con todo mi ser.

Dónde estás Luz de La Managda?

domingo, 29 de abril de 2007

Cinco noches




4. Días sin dormir. ext ra ño. Ayer veo.

Increíble como entre el calor y el surazo de noche uno puede percibir su cuerpo salirse, de su cuerpo. Sus casillas abandonadas, me salí, ser irreal y hecharle la culpa a las neuronas irritadas y a la migraña. Ver que uno sostiene una cerveza en su mano y verse a sí mismo hablando sobre cumbia colombiana, mientras su cuerpo real acaricia la carne muerta sobre la parrilla, comparte con la vaca esa soledad. Un cementerio de almas que dá vueltas alrededor del tejeyeque y toma jugo de copoazú como si el fruto estaría abierto. Un hambre astral insaciable.

4. El quinto ya no. se me cie r r an. no lo puedo sostener. dice q te vuel ves loco. loco

H. vá a cruzar el río. La moto nos sostiene apenas. Veo que el puente elegido es un mapajo partido en dos, un tronco que ya tiene hongos y sobre el que ha llovido muchas noches. Al otro lado ya pasamos las cosas a pie. El puente no va a agunantar la moto más, son 11 metros casi. H. insiste. Yo voy a pie. "Abrí los ojos", le digo, "si no no vas a ver por dónde cruzas", "nada" me responde el terco, "yo paso así todos los días". H. cruza a toda velocidad, ya casi llegando, el puente se mueve, se tambalea, pongo los pies sobre el mapajo para que no se caiga. H. hace un último esfuerzo y pasa rozando la orilla del puente, con la llanta delantera levantada, se cae al otro lado, dá dos vueltas sobre la moto. Está bien, se caga de risa.

Pero el mapajo se cae al río. Yo me quedo de este lado. Mierda. Al otro lado está el sleep bag, la linterna, la comida. H. me mira con cara de miedo. "No te preocupes choco", vamos a dormir aquí hasta que baje el río. Aquí hay tigres, pienso. Al otro lado está el rifle también. Mierda.

5 días. pensé que no podría. ex tra ño. a mi hija extraño. son 5 noches, mis ojos dos bolsas, mi alma en otra parte.

viernes, 27 de abril de 2007

Black Hole Sun

Hace tiempo vino el sol negro. Ese sol nos trajo las noches. Cuando la Muerte vea el final del universo, soñará con nacimientos y luz. Ayer, un budista tomado nos dijo que lo que más le aterraba era pensar en que quizás no había trascendencia. Aterrador. Reencarnamos en vidas horribles para ser comidos y pisoteados igual que aquellos a los que tragamos y pisamos. Una vida dura la que le tocó a este pueblode humanos que vive bajo el sol negro.

Bolivia es extraña, un país cercano al sol. Lleno de borrachos violentos y mujeres cansadas de luchar contra esa borrachera. Un país para olvidarse de que uno existe y para perder todo sueño. Un país de comunistas empresarios privados, narcotraficantes que gobiernan, clases medias que penden de un hilo. Gente sin comida que tiene casas y terrenos y gente que come como rey y tiene todo hipotecado.

Hace tiempo, en Japo también, vino el sol negro. Hay un museo en Japo que tiene al Adán Potosino casi embalsamado. Los más ancianos de ese pueblo - donde es imposible correr y menos respirar - dicen que poco a poco ya estamos olvidando a esos antepasados. Sus ruinas preincaicas son tan viejas que los ancianos cuentan que esos predecesores vivieron antes de que el sol brillase. Ellos vieron al sol nacer. Quizás fue una época de soles negros también.

Ahora estoy en medio de un surazo, en Chimoré. Mi cabeza está llena de dudas y temores, ahí también existe un eclipse imborrable. Tengo un sólo amor en la vida y un miedo a morir que crece terriblemente. Alguien, debería, como por piedad, con magia, sacar, este, sol, malditamente, negro... de nuestras vidas.

martes, 16 de enero de 2007

Rassouli: la búsqueda




La búsqueda de Rassouli, un agujero en la mitad de la mañana, un túnel embrionario donde todos hemos depositado angustias alguna vez, una respuesta a la meditación.

Rassouli brillante, Rassouli que encuentra, Rassouli que cierra los ojos y descubre espirales microcelulares, soles lejanos, estrellas de luto, úteros extra sensoriales.

Paranormal Rassouli, Rassouli del Irán iluminado, Rassouli que vive, Rassouli Tao Te King, Mantra Rassouli, Sol Rassouli.

Me estrello en los canvas, mi paradigma y su perspectiva no concuerdan, su esperanza pintada y mi desesperación exploradora, me estrello en el sol de óleo que no puedo habitar. El esperma que muere, la segunda visión antes de la tetradimensionalidad, la que mencionan como "segunda muerte", la perspectiva omnisciente, dos dimensiones creciendo hacia la tercera.

La invitación a buscar La Respuesta que se dá en todas las madrugadas.








jueves, 4 de enero de 2007

BABEL

BABEL
Romeo Marta

“the light that fueled our fire then has burned a hole between us
sowe cannot see to reach an end
crippling our communication”

Tool - Shcism


Siempre nublado y azulino, el limbo que puja sobre la planicie grita los nombres de Noé, invoca a los sobrevivientes del diluvio. Bajo ese grito, trabajamos como retorcimientos y embragues de carne, no esclavizados ni convencidos, trabajamos con la seguridad de encontrarte mi Señor, Jehová, para que nuestro cuerpo y alma tengan su propia escritura y su lugar impecable en el Libro de La Vida. Para que seamos dignos de todos Los Premios.

Aquella noche el Edén salió más índigo que nunca; brillante y pesada, Astarté nos observó con el celo más peligroso desde el inicio de los tiempos. Su fulgor – debimos haber notado – no era el del infierno que todos sabemos que escondía, era el de una furia profunda, una rabia mujeril que nos cortaba la piel mientras caminábamos y resquebrajaba las baldosas verdes con su arrebato, cargándolas de pena y miseria, cambiando el brillo verdoso de los adoquines por uno que parecía de lápida.

Eso era y no nos dimos cuenta: una lápida. Un Dios que nos amaba nos había confundido.

Ahora miro de frente, tu frente… y tus ojos rasgados no ven a este mundo como mis ojos negros, tu lengua es áspera y dulce y los sonidos que emites no llegan a mi corazón, solo llega tu perfume, tu deseo. Vivimos dieciséis años en la misma cabaña, diceciséis años sin que sepa realmente como pronunciar tu nombre y sin que tu sepas como mi abuela le decía a los guerrilleros, vivimos en cuerpos ajenos que se penetran con desesperación cuando el cielo del mundo se vuelve azul, como testigo quisquilloso de este desconcierto.

Sobre la órbita de mármol, zafiro y marfil, la espiral enorme de nuestra torre se acrecienta, como una caracola descomunal; es el dedo de Adán que intenta tocar al Padre pero no le alcanzan falanges ni voluntades, le faltan las las que una vez tuvo gratuitas. Dios se oculta más allá de este cielo cerrado. La tormenta cotidiana danza llevándose a Leviatán entre sus suspiros, levantando cocodrilos y peces regordetes desde el fondo del Tigris, como una mano cadavérica que revuelve la dicha para poner en su lugar la nostalgia; es un caos plomizo y eléctrico que angustia los pechos de nuestras mujeres y nos hace pensar en el castigo, en la confusión que se avecina. El Ziggurat habla con los vientos agoreros que pasan a través de sus ventanas y nos mira desde la penumbra de sus picos, esas recámaras que no veremos jamás, donde cuentan que vive un hombre con una quijada de oro, un sabio que nos está amarrando a la condena.

Tu rostro, Sennar, es como esos ladrillos férreos y versátiles, como el esqueleto de esa torre, tus cabellos como el betún y el limo con el que los pobres esclavos hacen el asfalto más fuerte y brillante del mundo. Pero allí sigues, si te toco o beso de todas formas nunca entenderé tu alma. Eres tan parecida al Ziggurat, Sennar, tan parecida. Eso te digo en el sueño, Sennar, en ese sueño de enfermo, del que he despertado tantas veces para ver tu cuerpo amarillo y del que no me acuerdo cuando te veo, del que no puedo contarte nada porque no entenderías.

Cuando nos dejen pastar nuestro ganado sobre la muerte oscura de Babilonia, cuando los graznares y los tañidos de nuestras desgracias nos persigan como una pesadilla informe y pavorosa y la vida se convierta en el regodeo más oscuro y entonces tengamos que atar a nuestras mujeres con cuero, cadenas y púas para romperles el placer a latigazos y voltearlas debajo y entre nuestras propias mugres, allí estará la venganza, allí el escarmiento se hará sentir. No debimos confiar en Egipto, que hacía lo mismo con sus esclavos, ni en los cantares de los Babilonios que nos hicieron creer en su hedonismo repugnante como forma de sublimación. No debimos dejarnos convencer, pero mirar tu rostro, Jehová, era demasiado tentador, era el reencuentro que todos buscábamos.

Dicen que los hombre amamos mujeres para meternos en ellas, que es el útero, la histeria primigenia la que nos llama desde esas paredes ocultas, como un Dios que no quiere dejarse ver y que invoca al retorno, al reencuentro. Yo te veo amarilla a pesar del cielo azulino y tengo a veces ganas de caer dentro tuyo, de reventar mi propia piel en pedazos al llegar al fondo de tu ser, ese ser que no entiendo, que gime en japonés cuando hacemos el amor mientras yo gruño en español.

Ur, Arach, Birs Nimrud que hirvieron antes y luego, que se plagaron de ambiciones como Babel y tuvieron sus plataformas lapidarias también, ninguna sobrevivió, cuando yo vi cómo quedó Babel y luego sentí en Babilonia el hedor del infierno surgiente, pensé en comos y porqués con más fuerza que nunca, saqué a mis hijos y a mi mujer de esa muerte lenta, escapando como Eva y Adán, pero esta vez echados no por arcángeles, sino por calaveras y cuerpos sodomizados, por muertos que ya no enterrarían a sus muertos.

Allá lejos, desde la colina, pude ver un camino negro que se extendía, la tripa de nuestro más grande Demonio, y entraba sinuosamente hasta el centro de Babilonia. Esa noche vi a Astarté triunfante, y mi mujer, Betlehem, me contó en voz baja la historia del navío, del robo inmundo que habían realizado nuestros jefes, el mismo Nepal, que caminaba como ángel sobre las nubes, había participado en el robo del Arca de Noé. Hacer volar ése Arca por los cielos había sido posible solamente en las manos de nuestro Patriarca, que era un Absoluto, pero en las manos de esclavos y fanáticos, nada volaría. Los pájaros de nuestros sueños cayeron como vidrio y plata ardientes antes de siquiera haber surcado el cielo azulino de nuestros misterios.

Ayer, cuando dormías, soñé que éramos uno, que habíamos reencarnado en la perfección dominante, y que caminábamos con pies de corderos sobre un barco bruñido, fastuoso. Ese barco atravesaba los cielos y era tan brillante como un espejo henchido de soles. Cuando me ví reflejado en la superficie del barco, nos ví a ambos, metidos en un mismo cuerpo y el terror me invadió como el mar invade las playas noctívagas. Me destrozó por dentro la idea de no poder ser yo y de haberte encontrado finalmente, ese pensamiento y la seguridad de haber disuelto mi identidad por recuperar nuestro amor me convirtió en un rayo furios, en una polilla inmunda que quería liberarse de ese capullo perfecto… y me liberé de ti, arrojándote al vacío entre los pedazos opacos de nuestro navío, que luego descendieron hacia la tierra, para estrellarse en un paraje lleno de tripas, hígados y ojos cercenados, un matadero de cariños donde descansaba lo último de la humanidad. Al despertar detesté tu patria y la mía, detesté esa distancia de océanos que nunca podemos saldar.

Entonces miré a Betlehem con asombro, y le pregunté de donde sabía tanto, y ella sonrió con malicia y con el triunfo de algo que no conocíamos los hombres. Fue tiempo después, cuando la tierra se partió y los mares y ríos entraron como tropeles hunos en la aridez que sobraba, fue recién allí que entendí a Betlehem y a la risa estruendosa que me desmayó. Era la risa de Astarté victoriosa, la luna y su aureola putrefacta que reflejaba el odio de la Nada contra la Creación, el odio contra un pueblo ingenuo pero desprendido, que quería estrechar las manos de su Dios y ungirle los pies con sus lágrimas, millones de lágrimas para untar los pies del Sol. Algo me dijo entonces, que Astarté y sus preguntas habían convencido al más sabio Nepal e incluso al de la quijada de oro, de que redescubriesen su rumbo, arrojándose a los brazos blancos y falsos de la luna en lugar de ir a buscar el reencuentro con el Sol. Ella los convenció para que buscasen la muerte y el infierno y para que convirtiesen en Babilonia en el tumor probatorio, en la herida más grande de nuestra era que mostraba entre sus supuraciones y sanguinolencias hasta donde puede caer un pueblo cuando le cierra la puerta al mejor de sus Dioses.

No sé entonces porqué te odio tanto, si somos casi iguales, de no ser por tus tetas y mi miembro, de no ser por una que otra curva que en mí se hace arista, seríamos idénticos, pero algo nos diferencia, y sé que te odio por esa diferencia entonces. Sé que te odio por eso y porque lo que odiamos es lo que tenemos adentro, odiamos el reflejo. Ayer no te detestaba, hoy sí, hoy me revuelve la cabeza oírte hablar, en ese japonés que nunca será boliviano, hablando a las patadas. Odio el pescado y las algas con las que salas el pedazo de lomo que me estoy comiendo, detesto hasta como caminas, con esa delicadeza tibia y mojigata, de Geisha, que no tienen las criollas de mi tierra, como si temieras, con cuidado, como si el suelo bajo tus pies se fuera a romper cualquier instante. Como si estuvieras en un maldito barco de cristal.

Y Astarté trajo idiomas, dialectos e insultos, y trajo joyas y perros, y golfas empedernidas y hombres sin hogar ni respeto. Y trajo la muerte que pudre desde la entrepierna hasta el cerebro y arrastró a todos los que sobrábamos hacia lo más oscuro de nuestros propios seres, a cubrirnos con la piel de seres muertos, trajo carnívoros sin piedad que nos enseñaron como matar a nuestros animales sagrados para bañarlos de salsas lujuriosas.Y trajo la penosa confusión.

Ese odio me ha podrido de afuera hacia adentro, amor. Ese odio se ha bautizado con el nombre de Sífilis y me vuelve loco con una parsimonía desesperante. Siento como sube de mis piernas, de mis testículos inflamados a mi pobre cerebro, me llena de imágenes, de deseos de muerte. Ayer, mientras tu caminabas en la cocina, ese odio me hizo olvidar tu cuerpo, en su lugar vi una torre horrorosa, de la cuál salía despedida una chispa, como un volcán impotente. Gracioso, así me siento, como un volcán impotente.




Nepal los vio con incredulidad y no pudo contestar ante esa decisión. El Arca la había recuperado él, con ayuda de Jehová, no de Astarté. “Nuestros padres, atlantes enormes, seres cuya sabiduría ni siquiera entenderíamos, construyeron este Arca con materiales extraños para nuestra ciencia. Con ella volaron sobre las lágrimas de Dios, cuando Dios lloró de pena sobre el mundo degenerado que la noche le devolvió, ¿Qué esperan ustedes? ¿Repetir la historia de esas lágrimas? ¿No saben que Dios llora sólo cada diez mil años? ¡Esta vez no llorará! No habrá lágrima que lave la mugre en la que Sennar caerá, ninguna lluvia se derrumbará para consolarnos de nuestra pena y llevarnos a la muerte. Esta vez el volcán se batirá sobre Babilonia y caeremos, como caerá su torre”.

Disparé sin miedo hacia tu frente, me miraste a través de la muerte, en el umbral de muchas evocaciones, asombrada, sin saber porqué te mataba. Empero sabías que en nuestro retorno, nunca más residiríamos juntos, en un solo cuerpo, sino para siempre espaciados. Te maté para que tengamos otras miserias y otras glorias, y más oportunidades de reconocernos, Sennar, te asesiné con esta pistola vieja y con una bala de guerrillero, para que reencarnes en un tiempo y en un lugar donde te conozca mejor, donde tu último grito sea en un idioma que yo entienda mejor. Te maté, además, por venganza, porque por tu culpa tengo esta sífilis.

Lo miraron, los tres torpes que antes eran sabios, y el primero en reírse fue el de la mandíbula de oro, el que antes era conocido como El Ilustrado, poco a poco apuntaron el gran cañón que salía de la torre hacia el rostro de Astarté, perillas, ruedas y molinos de mercurio, enormes engranajes de oro y cuarzo, mecanismos que producían música y tañidos que parecían alaridos angelicales se oyeron en todo Sennar. Y el Arca, cargada de escritos y poemas, de la sabiduría que Dios había hilado junto a las manos de los hombres, salió despedida hacia el ojo de Astarté. Una risa blanca y falsa se oyó en el firmamento crujiente, cocodrilos y peces gigantes salieron de los ríos con el ventarrón de la noche azulina.

Phaleg, un historiador nieto de nietos, vió esa noche en sus sueños y alguien le contó de esos ochocientos años después del diluvio, ochocientas penurias y despotismos que disimuló Babilonia después de las profundas lágrimas de Dios, que se enfureció por los alardes humanos y por las falsedades de hombres y mujeres; un Dios que en diez mil años no lloraría.

EL HUECO




  • EL HUECO


    EN ESE ENTONCES, CUANDO TODAVIA NO HABIA BAJADO SER LUGH A-NOGNATA , YO ME SENTI HUMANO, DESPROVISTO INCLUSIVE DE ESA SENSACIÓN DE VIDA REPETIDA, HASTA LIBRE PENSÉ.

    SOLO CUANDO LO VI DE NUEVO - ESTA TARDE - ME LLEGO DE GOLPE EL OLOR DE LA INMORTALIDAD Y DE ALGO QUE ME HIZO ENTENDER COMO HASTA ESO QUE ES HORROROSO, ONTOLÓGICAMENTE HABLANDO, TIENE SU PLENITUD Y SU OCASO, SU MUERTE LENTA.

    SER LUGH A-NOGNATA FUE ENTERRADO EN ESE AGUJERO, EN UN LUNAR DEL HIPER ESPACIO SIN TIEMPO, Y YO LO TRAJE COMO DE LA MANO, COMO SI FUESE UN IDIOTA, NO SABIA QUE PESE A SER MALÉVOLO Y PERVERSO, ERA SABIO, INTELIGENTE, EN UN NIVEL DE INTELIGENCIA QUE NO PODRIAMOS ENTENDER. EN ESE NIVEL DE INTELIGENCIA DE LOS QUE ORDENAN Y ESCRIBEN DESTINOS QUE NOSOTROS LLAMAMOS CASUALIDADES.

    NO SABÍA.

    ASÍ, CUANDO TU SABES O NOTAS QUE SOLO LLORAS Y TE ATORMENTAS O CUANDO UN AMOR HA DESDICHADO TU EXISTENCIA O CUANDO SEÑALAS UNA TUMBA CON ESTÚPIDA NOSTALGIA Y PIENSAS QUE ESO ES SIMPLE DOLOR, PURO SENTIR. ASÍ, DE ESA MISMA INGENUIDAD, LAS INVITACIONES SURGEN A MONTONES. CON CADA TRISTEZA Y ODIO, EN CADA CRIMEN, EN TODAS LAS NOCHES, EL HOMBRE INVOCA SER LUGHS TRAIDORES, ELLOS HUELEN CADA DESGRACIA COMO UN LEOPARDO HUELE LA SANGRE DEL HERIDO, COMO UN VIRUS HUELE AL ÓRGANO QUE ESTÁ DEBILITADO.

    YO LO TRAJE EN NOMBRE DE ALGO QUE NI RECUERDO AHORA. ES MORTAL COMO YO. PERO LA DIFERENCIA ES QUE EL SABE Y ESTARA AQUI CUANDO MI CUERPO SE ACABE. Y LA VERDAD ES QUE NO NECESITE PENTAGRAMAS, HEXAGRAMAS O ANAGRAMAS, NI CONSULTAR SIQUIERA A ABDUL. NO PENSE NUNCA EN LOS PERROS DE TINDALOS, NI EN LOS ANGULOS PUTRIDOS E INCOMPRENSIBLES, NI EN LA FIRME Y ATERRADORA PROMESA DEL PULPO QUE DUERME BAJO LOS MARES. NI EN ESO PENSE.

    SOLO PENSE EN TI, CREO.EN ESA PENA INMENSA QUE TU INVOCASTE EN LA OCASIÓN. PENSÉ EN ESA, QUE ERA UNA PENA AL PARECER CASUAL.

    Y AHORA LO TENGO FRENTE A MI, EL REVOLVER NO SERVIRA DE NADA, MENOS LAS PALABRITAS, LOS RITUALES, LOS INCENSARIOS, NI LOS LIBROS VIEJOS. PERO IGUAL DISPARARE Y DIRE MIS IDIOTECES.DISPARARE PARA VER SI POR LO MENOS MATO A ESTA PENA, LA MANDO DE VUELTA A ESE LUGAR SIN TIEMPO.

EL SACO DE LA SIESTA


EL SACO DE LA SIESTA
Romeo Marta.




“I am hope”
Neil Gaiman – Sandman
Preludios y Nocturnos


Con una mochila verde y un bolso negro, lleno de cientificismo, bronca y raciocinio moderno, fui a encontrarte. Era la siesta y una humedad adornada de bullas se hacía sentir sobre los guardapolvos y los sombreros en toda mi ciudad. Mi ciudad. Soñé de golpe, construí con el Sandman un hotel, un edificio extraño donde multitudes veían películas eróticas en los asientos más incómodos y se bañaban con luces de neón púrpuras profundas, subterráneas como el descubrimiento que haría. Un sueño donde el síndrome de Tourette tenía cura sin duda.

Cuando te hallé, con tu abriguito de pixie, cantando desesperada y hambrienta en el borde del último piso, recuerdo que un amarro de violetas se desnudó en mi barriga. Tenía una chompa estampada con colores, que eran un trucho remedo de Van Gogh. Danzando como gitano y gritando como Banshee invite a las cárdenas a escaparse del duplicado y cuando huyeron vi tus labios y los brazos que extendías con profundo amor, hacia mí, vi lo último que ve el Bodhisatva concentrado y lo primero que ven las espigas de trigo cuando vuelven a crecer. Vi al Cordero, la Copa de Oro, vi a Manitú corriendo en caballos crestudos de color caoba sobre tus cabellos.

Me besaste con el perdón irreversible. En el sueño, el movimiento rápido de mis ojos no duró una milésima; en la vida detrás de mis párpados, el beso y el consecuente abrazo duraron siglos, nos volvimos ancianos y momias y luego fósiles en esa opresión. No te había dicho nada, tu sólo dijiste “¿Por qué no?”, “¿Por qué otra vez nunca?, reconcíliate con el mundo, reconcíliate”, yo sentí que por primera vez en milenios lloraría de felicidad, tu eras mi cordón umbilical con una realidad alentadora, sin muerte ni tiempo. La lucha había terminado y veíamos un Sol blanco en nuestros ojos, plano y veloz como la comunicación perfecta que se extendía de tus venas a las mías.

Así, me dormí para siempre en tu pregunta y esperé la respuesta sin consternación.

Pero luego sentí a la bruja más cruda y pérfida en el portón del edificio y ví en un espejo como trepaba con ritmos marciales y robotizados. Circe, se había comido a las Tres Gracias, a los Tres Osos, a las Tres Muertes y a muchos tríos más. En su vientre, millares de mujeres se salpicaban de insultos unas a otras, esas matronas que en las historias de los mortales son más urticaria, castigo y penumbra que mujer, más odio que cantar de los cantares.

Sentí a un montón de amigos subiendo a sus espaldas, enmarañados como espinas en su voluptuosa sombra, y con sus chirridos y acusaciones iban cambiando los escalones de mi precioso edificio, transformando el neón púrpura profundo en mármol frío, en concreto mugriento por el cuál rebotarían una y otra vez mis huesos cuando me atrapasen. Los sentí con uniforme, con malicia y con los bolsillos bien pagados de chisme y prejuicio. Los sentí como dedos índices monstruosos y llenos de medallas de honor, dispuestos a caer encima del primer culpable, sus caras eran la primera piedra, la que más dolía por ser la traición inaugural.

Subieron los escalones Circe y las Gracias, que se arremolinaban indigestas en su boca, y me di cuenta de que era Barrón en la calle Harrington, de que el edificio era entonces la prueba de que la nada siempre tiene sus pasmosos aliados. El sueño se marchitaba, pudriéndose hasta oler a íncubo. Subieron los escalones y yo – Barrón – grité por la ventana como hace más de veinte años. “Nos están matando” grité, como si esas mujeres fuesen los paramilitares que minutos después destrozarían mi cuerpo a patadas. Grité viendo a mi madre que caminaba por las calles cercanas a la morgue, sosteniendo mis botas llenas de sangre y humillación, sosteniéndolas con los brazos y la joroba, como si fuese mi cuerpo mismo el que sostenía, incrédula de que su hijo se haya convertido en ese muerto blanco y
asustado.

Pero, como en la Harrington, nadie vino ni vió ni oyó nada, y yo, que tan sólo había recuperado las ganas de respirar en tu abrazo, observé como frente a mí se inflaba una pulpa venosa e informe, y se transformaba en una cama de dos plazas, desordenada y llena de bultos que hacían tumores entre las sábanas pecaminosas, que olían a sexo y a culpa. Nada tenía ya de ti ese camastro, tú me esperabas en el hall, con ansia, con el bolso negro y la mochila verde con los que yo había entrado al sueño para encontrarte.

Antes de que baje los escalones para seguirte abrazando, llegó Circe, el pelo teñido de negro, los ojos grandes como los dibujados en las cartas del Tarot, lloraba “andáte a la mierda” me dijo, mirando la cama, la prueba inefable para ella de que yo la había abandonado.

Cruzó mi cara con un zarpazo único, sin siquiera verme, me destrozó la boca y el mentón y transformó la sonrisa que me dejaste, en una hilacha de nervios y tejidos colgantes, mi sonrisa no se borró pero mi hueso desencajó por completo. La miré con desprecio profundo y corrí a encontrarte, pero ya el hall había cambiado, ya los paramilitares me asestaban los culatazos. Rodé como había rodado en Capinota, sangrando por la nuca y la boca y cuando llegué al piso, vi hacia la puerta, estaba mi hija allí, parada, tranquila y me arrastró de espaldas hacia el despertar. Lo último que recuerdo ahora es mi construcción elevada, mi Gaudi simple pero hermoso, el edificio trastornado y las ventanas que lloraban y dibujaban palabras con sus lágrimas lodosas: “Morfeo,
Oneiros,
Morfeo,
Onerios,
Morfeo” repetían en un coro minimalista y arriesgadísimo.

Recordé un juego de adivinanzas, donde se enfrentaban El Sueño y un demonio, el que perdía se sometería al fuego fatuo, el demonio cantaba “Yo soy la mosca, que pica al jinete, que picó al dragón que picó a mi Quimera”. El sueño se avivaba y cantaba “Yo soy la araña, Aracné que teje, que muerde a la mosca y al Señor de Las Moscas, que lo hace rabiar, yo soy el castigo y el premio y luego y por ende, soy el Universo”. Y el demonio cantó “¿Así que esas tenemos? Pues yo contra Ti, soy La Nada, el Profundo Vacío de la Anti Materia, el cantor y el juglar que han descubierto que un átomo de hidrógeno vacío es también poderoso”… “yo soy la Esperanza” dijo luego Oneiros al salir del infierno, sonriendo a pesar de escuchar los gritos del impío, del perdedor.

Mi hija Rafaela - Eurídice - había venido a cumplir su promesa, estábamos a mano, me condujo sin prisa, riendo y cantando idilios de dinosaurios y patos y mariposas en blanco y negro, me condujo hacia este mundo mortecino.

Desperté, y como en todo sueño y después de toda noche, los vestigios de la esperanza y de tu perfume y del color de tu cabello caoba y de tus uñas y de tu pregunta y de tus propios sueños, se fueron deshilvanando.

Desperté con la seguridad de que esta siesta perdería su torre, su armatoste de anhelos en cuanto me incorporara, por eso me quedé con los ojos cerrados, recordándote, viendo si podía abrazar mi aliento con la misma fuerza en la que tú me abrazabas. Rogándole a los Dioses que en alguna parte del Universo, la partícula opuesta e idéntica de mi alma te siguiese abrazando, en una memoria que para ellos recién empezaba y que para mi comenzaba a morirse, a transformarse en silogismo.

Y luego de decidirme a abrir las cuencas, borracho de un amor científicamente improbable, botaba sangre aún por mis labios y limpiándolos miré son sorpresa como a mi lado se había acostado un mugriento talego, un costal donde los Milagros habían escrito el sueño tal y como trato de contárselos ahora.

Me vestí con esa inmundicia blanquecina y percudida y corrí a través de ese despertar, para que todos vieran la ridiculez de un hombre feliz, que deambulaba velozmente por las calles de mi ciudad, pero no me di cuenta de que estos descubrimientos son poca prueba para la alegría.

Mi cuerpo aquél, el que te amó con todo, se había quedado en el colchón, encogido como una esperanza astral de un horizonte que se veía solo en otro cuerpo, en otro lado del cosmos. Ese cuerpo que no quería desprenderse del recuerdo, mordía la última y definitiva hilacha del talego, y cuando llegué a este ordenador, solo tenía sobre el cuerpo un pedazo ininteligible, carcomido, como cagado por las palomas invisibles de los sueños… el Otro se había ido tragando el sueño, deshilvanándolo como la memoria que yo guardaba de ella.

Ese pedazo restante es el que les envío ahora, a ustedes, que como yo despiertan y dudan de si aman a alguien de este mundo, dudan como yo dudo ahora de que el amor de las canciones, las farsas y los poemas sea algo más que una siesta a la que acompaña el cuerpo, dos cuerpos, mil cuerpos, vestidos de un saco inmundo, que es poca prueba para la felicidad y parece una oscura antimateria, de esas que no se dejan ganar ni con la esperanza.